Para evitar un nuevo conflicto entre dioses y mortales, los olímpicos impusieron una regla absoluta: ninguna divinidad puede intervenir directamente en las acciones humanas.
Entre los dioses más jóvenes se encuentra Sylora, encargada de observar el equilibrio entre orden y caos. Imposibilitada de actuar directamente, decide elegir un campeón humano para actuar en su nombre.